Hoy en día, el calendario nacional está saturado de carreras populares, geles energéticos de sabores y zapatillas con placas de carbono. Sin embargo, hubo un tiempo en que correr un maratón era una auténtica heroicidad reservada a unos pocos románticos de la zancada. En ese contexto de romanticismo y asfalto puro, nació una de las pruebas más emblemáticas y nostálgicas de Andalucía: el Maratón de Jerez original, disputado entre 1989 y 1996.
A finales de los años 80, España experimentaba el gran boom del atletismo popular bajo la alargada sombra de las futuras Olimpiadas de Barcelona 92. Jerez de la Frontera, una ciudad en plena transformación y expansión de sus infraestructuras deportivas, no se quedó atrás. La inauguración del Estadio Municipal de Chapín en 1988 dotó a la ciudad del epicentro perfecto para albergar un desafío mayor: los míticos 42,195 kilómetros.
La época dorada de Chapín y el asfalto puro
Cruzar la meta en el Maratón de Jerez era una experiencia mágica. El circuito, con un perfil exigente que a menudo se veía castigado por el impredecible viento de la provincia de Cádiz, recorría las principales avenidas y el casco histórico de la ciudad. No obstante, el momento cumbre llegaba en los últimos metros. La entrada triunfal al interior de Chapín, pisando la misma pista que albergó los Campeonatos de España de Atletismo en 1990, compensaba cada rampa y cada amago de pájara en las piernas de los corredores.
En aquellas ediciones, la participación distaba mucho de las cifras masivas de la actualidad. Eran unos cientos de valientes: atletas de clubes locales como el histórico Club Maratón de Jerez, corredores de la región y un fortísimo contingente militar (con base en la Infantería de Marina de San Fernando) que utilizaba la cita jerezana como un durísimo test de fuego. Los ganadores de aquella época dorada firmaban registros imponentes, deteniendo el crono habitualmente entre las 2 horas y 18 minutos y las 2 horas y 25 minutos.
Un legado que se transformó para sobrevivir
Lamentablemente, los altos costes de organización, las crecientes dificultades para el corte del tráfico urbano y la paulatina demanda de distancias menos lesivas provocaron que la edición de 1996 fuera la última en su formato original de asfalto continuo.
A pesar de su desaparición, el espíritu de aquella carrera sembró una semilla imborrable en el deporte gaditano. Su legado directo se dividió en dos corrientes modernas: la Media Maratón de Jerez, que mantiene la mítica llegada al estadio, y el actual Sherry Maratón, que reinventó la distancia de Filípides trasladando el desafío desde el asfalto urbano hasta los icónicos mares de viñedos y bodegas. Aquellas clasificaciones en papel continuo de los noventa demostraron que Jerez siempre tuvo alma de maratón.

